La función de los espíritus

Cuenta una historia que el espectáculo que se estaba presentando en el teatro había llegado a un momento tan sublime, tan profundo, tan extraordinario, que comenzó a suceder algo increíble. La representación, la música, la belleza era tal que la gente comenzó a elevarse de sus asientos, y todos subían y subían mágicamente, desprendiéndose del plano físico gobernado por la ley de gravedad… el cuento termina en que la gente rompe los techos y sigue elevándose al infinito. Elevación de lo más sensible y profundo de lo humano, vuelo de la imaginación, ascenso a categorías superiores del ser, viaje a nuevos estados de la conciencia, donde se despliegan las cosas extraordinarias, todo aquello que no vemos en el mundo frío e impersonal que habitamos ordinariamente. Eso ocurre en este teatro y en cualquier teatro del mundo.

Cada día, cada noche,
al abrir las puertas del teatro, sabemos que ocurrirán cosas mágicas, fenómenos inesperados, reacciones impensadas.

Cuántas veces hemos visto llorar a tantas personas en nuestro teatro. Cuántas veces hemos llorado nosotros mismos. Cuántas veces hemos soltado una carcajada desde lo más hondo de nuestro niño o niña interior. Cuántas veces hemos visto elevarse a toda la concurrencia en un silencio de asombro, con los ojos abiertos, pegados a la escena, sin querer perderse un segundo la expresión del actor, el sonido del violín, la mueca de dolor, el grito liberador o simplemente el final feliz e inolvidable con beso y todo.

En el teatro somos gobernados por los espíritus interiores que rondan en el escenario, en las butacas, en los camarines y en la sala de luces y sonidos. Entramos a una caja de sorpresas de la que somos parte. Sin darnos cuenta, volaremos a otros mundos, nos dejaremos llevar por los sueños que nos despiertan los autores, los escritores, los artistas, que son como los dioses que gobiernan a los espíritus aquí adentro, que no son sino los personajes creados y sus emociones, que no son sino nuestros propios personajes interiores que salen a bailar, a cantar, a gozar de la alegría de una historia, a llorar de tristeza con nuestras propias penas que cualquier noche tienen permiso para subirse al escenario.

Cuando el espíritu del encargado de seleccionar obras a través del planeta para traerlas a un teatro del sur del mundo elige una propuesta y la contrata, no está sino atando el hilo de las emociones, con la mayor de las sutilezas, con el extraordinario oficio de ponerse en el lugar de los otros, con la probada capacidad de comprender los espíritus de un público por una parte y hacerlos coincidir con la sensibilidad creativa de los espíritus artistas de un lugar lejano, muchas veces remoto y desconocido.

Cada día, cada noche, al abrir las puertas del teatro, sabemos que ocurrirán cosas mágicas, fenómenos inesperados, reacciones impensadas. Alguien dijo en casa o en un llamado telefónico ‘te invito al teatro, vamos, te paso a buscar’, o ‘encontrémonos en la esquina de siempre’, o simplemente ‘a las 20.30 en la entrada’. Y ahí comienza la función de los espíritus.

Alfredo Saint-Jean Domic

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