Emocionarse para aprender

Los científicos llevan décadas intentando entender cómo funciona el cerebro humano, qué nos motiva, cómo reaccionamos ante distintos estímulos y qué impacto tienen en nosotros las experiencias vividas. Entre los grandes hallazgos conseguidos, hay uno que no deja de maravillarnos: la emoción es esencial en el proceso de aprendizaje.

Los neurocientíficos han descubierto que “sin emoción no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria”.

“Sólo se puede aprender aquello que se ama, aquello que te dice algo nuevo, que significa algo, que sobresale del entorno. Sin emoción no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria”, así lo explica el investigador español Francisco Mora, doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y catedrático de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid.

De estas palabras se desprende la idea de que la emoción es el motor de aprendizaje. Y no debe resultarnos extraño: desde pequeños los niños comienzan a hacer preguntas y es su propia curiosidad -la emoción de descubrir el mundo y comprenderlo- lo que les impulsa.

Los adultos seguramente no somos muy distintos. La emoción no deja nunca de ser un motor, aunque quizás algunos la experimenten con menos intensidad o frecuencia que en aquella época de la vida en la que tenemos la certeza de que todo está por descubrir.

Sin embargo, esa emoción, esa curiosidad, ese impulso por aprender algo nuevo, surge muchas veces en torno a las artes y las expresiones culturales. Cuántas veces nos ha acercado una obra de teatro a una temática que desconocíamos, un músico a sonidos que nunca habíamos explorado, o un bailarín a las costumbres y tradiciones de otras tierras. En incontables oportunidades una ópera nos ha transportado a otra época y nos ha narrado capítulos de nuestra propia historia, o un humorista nos ha incitado a reflexionar.

Lo que se presenta en un escenario es, casi siempre, una invitación a la emoción, un escape a la monotonía, un incentivo a nuestra curiosidad y, en el mejor de los casos, también una oportunidad de aprender algo nuevo.

El artista uruguayo Luis Camnitzer asegura que “el museo es una escuela”. Nosotros pensamos que el teatro puede serlo también.

Alfredo Saint-Jean Domic

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