A dos años de la muerte de Pedro Lemebel: La ciudad sin ti

Claudia Pérez
Claudia Pérez

“La tarde se puso gótica”, dice Pedro sentado en el balcón de su casa en el Parque Forestal cuando un murciélago pasa rozando nuestras cabezas. Yo lanzo un chillido de película de Hitchcock, él me mira, se ría y lanza esa frase. Como dentro de un libro de metáforas y alegorías, se sentía estar cerca de este amigo, mañoso y cariñoso. Lúcido y capaz de ver debajo del agua con una claridad que pocos tienen. La ciudad sin Pedro es menos irónica, menos gótica, menos atrevida. Quienes vivimos nuestra infancia en dictadura, escuchamos muchas veces la temerosa frase “No seas atrevida” con tus mayores, tus padres, tus profes, y cualquier símbolo de poder. Tampoco hables más de lo necesario, no cantes esas canciones. Trata de pasar piola, quédate atado a una piola y no te muevas, que mueves el agua.

Dícese del ser atrevido, quien realiza acciones que se compongan de riesgo o produzcan miedo. El miedo estaba presenta en todos los rincones dentro y fuera de cada: en los viajes al colegio, en las compras, en los muros de la ciudad, en el olor, en los pedaleos con los amigos del barrio, en la misa del domingo, en nuestro sudor. Sin embargo, siempre hubo quienes no sentían ese miedo, o tal vez lo sentían, pero su atrevimiento hablaba más fuerte y el estar con ellos provocaba cierto vértigo placentero de risa nerviosa que te imantaba.

Así ocurría con Pedro. Cerca de él te sentías un poco más valiente y atrevida. Como cerca de un arquero de frases flechas que dan en el blanco de la verdad, del dolor y de esa carcajada que te ahoga. El talento germina en tierras áridas y desérticas a veces. Así germinó Pedro desde su infancia entre los pirigüines de su querido y abandonado zanjón.

Hoy, entre las calles del barrios Bellas Artes, los grises abundan. Recién nuestra ciudad comienza incipientemente a recibir los colores de los nuevos habitantes que vienen de países tropicales. Pienso que le gustaría que fuesen muchos más, para probar sus arepas y patacones, mirar turbantes y vestidos de colores, lo sé porque le gustaba el norte y se dejaba caer en el Café del Sol, donde los jóvenes tocan y bailan alegres y orgullosos el tincu, el huaino, la diablada y otros que se perdieron sin memoria, todos bailes festivos y colorinches. Se extraña el eco de sus tacones en los adoquines. Los colores barrocos de sus letras. Vestido de cala, alelí y cardenal te lo encontrabas en su casa, en algún restorán del barrio o visitando a su amigo Sergio Parra en Metales Pesados.

Extraño, me intriga y me duele no escuchar sus comentarios en estos dos últimos años de las muertes de los talentosos y queridos íconos gay, como Prince, David Bowie, Juan Gabriel y George Michael. De seguro, les sabía alguna yayita de inconsecuencia o un detalle sabroso: “No, mi niña, si ese Jorge Miguel se tiró a un policía en un baño y bien frívolo que era”. “Y Juan Gabriel no se mojaba el potito por nadie”. Como cuando murió la Candy que, aunque no se llevaba muy bien con ella, porque era facha la huevona, igual la encontraba valiente y le escribió su crónica funeraria.

Extraño, me intriga y me duele no conocer sus palabras para nuestro Juan Radrigán o Egon Wolff. O su opinión sobre los vergonzosos casos Soquimich y Caval, o la colusión de Confort que le hubiera dado para crónica larga, de seis páginas por lo menos, por su preciosa metáfora escatológica.

Extraño y me duele no leer su rabia ante la obscena petición de perdón de los asesinos de Punta Peuco en una transa de libertades carcelarias. Quizás hubiese sido tanta la pena que callara sus letras, para llorar en silencio, así como puedo imaginar su dolor de ver a Anita González caer enferma sin saber aún la verdad de sus muertos.

Pero como el mundo continúa, como dice el tango, en cada estante de cada librería, en cada cuneta de feria libre de esta lunfarda ciudad, dentro de un ejemplar con alguna foto bizarra, un collar de Gillette, un corazón de balas, un beso marica o un majo desnudo enguantado de un lagarto, estarán guardadas entre sus páginas las impresiones, reflexiones, gritos y verdades.

Si no lo han leído corran a buscarlo aunque sea pirateado (“pero con todas sus páginas, si me van a piratear hagan bien la pega”) y si ya lo conocen preséntenlo a futuras generaciones, a la abuela o al vecino pechoño para que se despercuda, le dé la rabia, y después de la rabia tendrá que crecer su tolerancia porque ya lo habrá visto todo. Para que nuestra ciudad se sacuda un poco de sus grises y sea más creativa, menos cómoda, más única, peculiar, valiente y atrevida.

Claudia Pérez Hernández
Actriz y codirectora de la obra “La ciudad sin ti”, la elogiada adaptación teatral de las crónicas de Pedro Lemebel, que se exhibirá en una función especial este jueves 26 de enero.

Columna publicada el 19 de enero de 2017 en la edición Nº 682 de The Clinic.

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